Narrador testigo
Un viernes por
la tarde, en la estación de Santa Justa (Sevilla), mientras esperaba en la cola
para sacar mi billete de tren, observé a un individuo con cara de sapo que, sentado
sobre un banco lleno de cáscaras de pipas y envuelto en una manta de viaje, seguía
con la mirada a una viejecilla que iba de un lado para el otro a lo largo del
andén. En un momento dado la anciana se le acercó y le recriminó su actitud,
exigiéndole que dejara de mirarla. El hombre la rechazó de un manotazo y,
echándose la manta sobre la cabeza, se tumbó en el banco y se quedó dormido.
Casi dos horas
más tarde, al bajarme del tren en Cádiz, volví a ver al mismo individuo
intentando convencer a un vigilante de que le permitiera pasar la noche en un
banco de la estación envuelto en su manta de viaje.